Y es que, todo depende del balcón desde el que miras

Y es que, todo depende del balcón desde el que miras

lunes, 30 de noviembre de 2009

Experimento


Camino siempre con una libreta y un bolígrafo en el bolso. Confieso que no los uso a diario, pero sí los saco a ratos, y escribo. Lo hago con naturalidad y confianza cuando tengo un perímetro de aislamiento suficiente para no sentirme intimidada por miradas ajenas. No sé si será afan de protagonismo o reflejo de mi propia vena cotilla -cuando me aburro en el transporte público intento adivinar cual es el libro que lee el de al lado, e incluso a veces escucho con cara de poker conversaciones ajenas-, pero pensar que alguien puede dedicarse a mirar lo que escribo por encima de mi hombro, me da corte. Cosa un poco estúpida, pues cualquiera que entre en este blog puede leer tranquilamente qué es lo que escribo.
El caso es que he decidido que es importante para mí alcanzar un grado de autonomía total a la hora de atrapar palabras al vuelo, por eso hago el experimento.
Me introduzco en hora punta en un cafe local monísimo, con nombre de pintor francés, lleno de gente. Únicamente queda una mesa libre, entre otras dos que apenas distan medio metro de la primera. Pido un café con leche, me tomo lo primero la sabrosísima mini pasta de avellana que viene de acompañamiento, y saco mi pequeña libreta negra.
Empiezo con ella ladeada, ligeramente apoyada en el canto de la mesa. Siento poco a poco que voy superando la prueba, he logrado disminuir el grado de inclinación de la libreta y finalmente la apoyo completamente en la mesa. Ya está, soy la típica tía interesante, sentada en la mesa de un café, absorta en sus escritos.
Prueba superada, no me mira ni el tato. Seguiré practicando, quizás acabe emulando al genial Jardiel, rodeada de pegamento, tijeritas, dibujos, escritos... montando todo un espectáculo intelectual, en los más diversos y chics cafés del universo mundo.

Vuelta a casa



Vuelta a Madrid. Me muero de frío. Da igual el cuello vuelto, las botas, los calcetines de lanilla. Tengo el frío seco de Madrid metido en el cuerpo.
Vuelvo a poner el despertador, a desoirlo, a levantarme corriendo para llegar tarde, a coger el autobús por los pelos, a entrar en la oficina y decir buenos días, a encender el ordenador, a ponerme a trabajar. De regalo me dicen que a partir de mañana añadimos otra hora diaria a nuestro horario, habrá que madrugar más.
¿Vuelta a la runina? Para nada, pienso utilizar la energía norteña y perpetuarla durante un tiempo, paseando Madrid con los ojos abiertos, sacándole jugo a mi tiempo libre.
Pero hoy me quedo en casa, aprovecho que tengo cerquita las manos calentitas de Martín, dibujando, jugando a los gormitis o lo que haga falta. Hoy me quedo en casa, a ver si con un poquito de calor de hogar se me entona el cuerpo.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Talasoterapia

Pues no, al final no me adentré en el Cantábrico, pero pasé más de dos horas a remojo en agua salada, con vistas a la Playa de Poniente. Ya había anochecido, así que veíamos las luces del puerto deportivo. No estaba mal, aunque la panorámica de día debe ser digna de ver.

Por lo demás la experiencia recomendable, muy recomendable. Seguimos nuestro libre albedrío por el circuito de piscinas de agua marina, incluso nos aventuramos a salir a la piscina exterior en una carrerita suicida, reconozco que no aguanté ni cuatro minutos, que una cosa es que haga buen tiempo y otra que me pasee en bikini al fresco de la noche gijonesa. Pasamos al área lúdico-acuático, nos tiramos por uno de los toboganes -el chiquitito- y hasta me di un largo en la piscina -con nota media de "necesita mejorar" en resistencia-. Regresamos al área de Talaso, subimos al piso de arriba, y continuamos por los circuitos térmicos: sauna, pozas de agua fría, duchas escocesas, fuentes de hielo, baño turco, piscina cromo-sonoterapeutica, la locura...

Nos despedimos repitiendo en el "flotarium" y salimos de allí arrugaditas como pasas, relajaditas, felices como codornices y, hay que reconocerlo, con una agradable sensación de cansacio-me-voy-a-la-cama muy de agradecer a esas horas.

El mega-spa se llama Talasoponiente, y por cierto, dicen que el restaurante también es recomendable, muy recomendable.

jueves, 26 de noviembre de 2009

La sirena, un paseo en bici y un poco de cocina



Me dicen que llueve en Madrid. Aquí ha vuelto el sol. A lo largo de la mañana y mis paseos he visto un buen número de gente probando las olas del Cantábrico, me dan envidia y me digo que yo también debería intentar un baño otoñal, pero desoyendo el viejo refrán lo dejaré para mañana.

Salgo de casa y encuentro de nuevo el grupo de curiosos mirando a la bañista del otro día, efectivamente lleva poca ropa encima. No sé si es su persona en topless o que también su público piensa que deberían intentar el baño otoñal, el caso es que despierta expectación. Yo la he bautizado como la sirena de Gijón.

Sigo mi camino y a la altura de la escalera 11 me desvío. Voy a hacer uso de una de las bicicletas que el Ayuntamiento pone a disposición de sus ciudadanos. Tras pelearme con la máquina agarro mi vehículo y tiro millas, por el carril bici. Espero que cuando Madrid deje de ser Zanjas City -expresión paterna- nuestro Ayuntamiento se apunte a este sistema de préstamo de bicicletas tan cómodo, carriles bici incluidos.

Repito el mismo camino que el otro día, por el muro y más allá. Voy y vuelvo, los bañistas se han multiplicado. Devuelvo la bici, hago unas cuantas compras y regreso a casa, a sacar mi lado más Arguiñano, no, no me he convertido en la mujer barbuda, simplemente cocino, pulpo con patatinas. ¿Alguien se apunta?

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Lluvia



Se me ha levantado Gijón con el día torcido, mustio, como un novio llorón. Vale, le digo, pero no pienses que me voy a quedar aquí, contemplando como te lamentas.
Así que me he bajado a la calle.
No te hagas la víctima, sigo discutiéndole, y qué si las nubes te ponen sombrío. A mí me gustas también así.
Yo camino, él que haga lo que quiera.
Me gusta recorrer sus calles, sin necesidad de un mapa. A veces me despisto y aparezco en una plaza que no esperaba encontrar. Da igual, no me vas a liar, sé que caminado hacia allí recupero mi rumbo. Te crees que me desconciertas, pero no, con estos tejemanejes lo único que consigues es que cada vez te conozca mejor.
Al final, Gijón se sonrie, llueva o haga sol siempre es encantador.
Y es que las ciudades son más fáciles de contentar que muchas personas.

martes, 24 de noviembre de 2009

Por el muro y más allá



Salgo de nuevo a pasear Gijón. ¿Qué mejor que aprovechar mi estancia para absorber esta energía verde, azul y luminosa, que sé echaré de menos durante meses?
Hoy, hasta se podría tomar el sol en la playa, en un lugar resguardado, como la pareja del fondo, o ser tan valiente como esa turista –lo deduzco por la tonalidad rubia de su pelo- que detiene el paseo de un buen número de gijoneses que permanecen acodados en la barandilla cercana a La Escalerona. Alta la marea, a apenas quince metros del muro, la extranjera flota boca arriba, con las piernas hacia el horizonte, seguro que más de uno se pregunta si recibe los embates del mar a cuerpo totalmente descubierto.
Por el muro pasea gente a todas horas. Ayer mi amiga Maruchi -mi anfitriona-, y yo, lo recorrimos ya anochecido, en patines y en bici, respectivamente. Hoy el día está totalmente despejado, hay gente de todas las edades, un montón de abuelos pasean empujando un carrito, con cara de abuelos orgullosos de sus nietos/as. Me adelantan corredores cada dos por tres. Yo paseo.
Y el muro, que termina en el extremo este de la playa de San Lorenzo, se prolonga hasta el más allá, así que puedes seguir la orilla del mar. Escuchando las olas, que rompen incansablemente, hoy de manera tranquila.
Y en ese más allá de la playa de San Lorenzo está ella. La Lloca del Rinconín, oficialmente la Madre del Emigrante. Me enamoré de ella la primera vez que la vi y procuro no dejar de visitarla. Así que en el camino de ida le he guiñado un ojo y a la vuelta, como le había prometido, me he parado a visitarla. Le he hecho unas cuantas fotos y me he sentado a su vera, con el sol calentando mi costado izquierdo. Sentada en el suelo, apoyada en el murete que circunda su placita. (Con un poco de desconfianza hacia la rejilla adosada a su perímetro, cruzando los dedos para que de su interior no salga ningún bicho.)
Estoy frente a ella, un poquito a su derecha, la lloquita es de miembros grandes, como yo –manos, pies, nariz, ojos- lleva un vestido largo, que acaba en el comienzo de sus pantorrillas, el viento la despeina, enredándole el pelo y pega la ropa a su cuerpo.
Mira hacia el horizonte, hacia un más allá mucho más allá del Cantábrico, hacia donde navegaron tantos y tantos hijos de esta tierra de emigrantes, igual que el padre del abuelo. Así que esta lloquita de rostro, más que triste, preocupado por el hijo que camina hacia un futuro incierto, es un poco tatarabuela mía.
Tiene un brazo extendido y a mí me dan ganas de abrazarme a su cuerpo de bronce, cálido como el de una madre.

Único, singular, extraordinario

Lo he oído, en la Radio de Julia, es la tercera acepción del diccionario -aunque si os digo la verdad, lo he buscado en la versión digital de la RAE y no lo he encontrado, da igual, yo la incorporo- para el término impar, una palabra que se emplea hoy para definir a las personas sin pareja. Un sector apetitoso para el mercado y una realidad cada vez más común.
Me gustó, desde ahora repetiré estas tres palabras: única, singular y extraordinaria, como un mantra. Impares o pares nos reconstruimos día a día para sobrellevar cambios, vicisitudes y nuevas situaciones, y es un buen aliciente recordarnos a diario que todos y cada uno de nosotros somos únicos, singulares y extraordinarios.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Verde y azul

Levanto la persiana. Frente a mí, diez pisos más abajo, la Playa de San Lorenzo, en toda su extensión se me regala. El aturdimiento del despertar reciente me hace preguntarme qué son esas manchas negras que se apiñan a veinte metros de la orilla. ¿Pájaros? ¿Focas? Por fin abro completamente los ojos –y el cerebro- son surfistas, me río de mi misma. Son las diez de la mañana y el paseo marítimo -el muro- está lleno de gente, en la playa dos o tres bañistas caminan hacia el mar.
Hace un día precioso. No hay nada tan revitalizante como contemplar la costa asturiana cuando las nubes se separan lo suficiente para dejar pasar la luz del sol. Me siento bien, estoy llena de energía, no veo la hora de bajar y convertirme en otra paseante más de este Gijón que me va a adoptar durante una semana.

Mudanza

Me llama Maru. "Melinda, nos mudamos"
¿?
Sí, nos mudamos de Blog, ha llegado la hora de ocupar nuestro propio espacio.
Así que aquí estoy, rodeada de cajas con mis pertenencias, intentando reubicar cada cosa en su sitio, en este espacio que tengo preparado desde hace tiempo. Tenía planificado utilizarlo más adelante, haciendo coincidir mi mudanza física con la mudanza virtual, pero es cierto, ha llegado el momento de tener nuestro propio rinconcito, físico o virtual, campar a nuestras anchar y seguir caminando.